LO QUE ME MOLESTA DE LA ECONOMÍA CIRCULAR

En la televisión, en la prensa, en la redes sociales, cualquiera de los medios de información que suelo consultar, últimamente parecen invadidos de un nuevo concepto al que llaman ECONOMÍA CIRCULAR.

Se muestra como nuevo “invento” al que proclaman como la solución a muchos de los problemas ambientales del planeta. La gran solución que restaurará el equilibrio perdido entre hombre y naturaleza.

La economía circular, se ha convertido en la palabra de moda, definida como el “último grito” en estrategias económicas y de gestión, en contraposición al modelo de economía lineal, predominante hasta ahora.

Su objetivo es “que el valor de los productos, los materiales y los recursos se mantenga en la economía durante el mayor tiempo posible, y que se reduzca al mínimo la generación de residuos”, según la propia Fundación para la Economía Circular. Se basa, principalmente, en el principio de ‘cerrar el ciclo de vida’ de los productos, es decir, convertir los hasta ahora considerados residuos, en nuevas materias primas.

Así, con este nuevo modelo de economía, los productos deben ser ya diseñados para poder ser reutilizados y reciclados al final de su vida útil. La aplicación del, más que conocido, Ecodiseño, juega un papel fundamental dentro de la economía circular, pues los productos ya deben estar concebidos desde su origen como elementos en los que, desde la primera pieza hasta la última, pueden reutilizarse o reciclarse una vez terminada su vida útil.

Pues parece cierto que, esto de la economía circular, es una buena herramienta de cara a reducir el fuerte impacto que nuestro modelo de desarrollo actual está causando en el planeta. Dar el paso hacia un nuevo modelo económico que utilice y optimice los materiales y residuos, dándoles una segunda vida, sin duda, es un buen paso. Pero, siendo sincera, hay algún aspecto de este nuevo concepto que no me acaba de convencer.

Economía circular: ¿Economía y Medio Ambiente caminando juntos?

economia-circular

En primer lugar, tengo que decir que este aparentemente novedoso concepto de la economía circular, me parece que de nuevo no tiene nada.

Ya hace mucho tiempo, allá por los noventa, Bill McDonough (arquitecto estadounidense) y Michael Braungart (químico alemán) desarrollaron el concepto Cradle to Cradle (de la Cuna a la Cuna). También por aquel entonces se puso de moda la conocida Regla de las 3R, aquello de Reducir, Reutilizar y Reciclar que se presentó como la ALTERNATIVA, (sí, con mayúsculas), viable, para solucionar la tremenda problemática de los residuos que ya empezábamos a vislumbrar en esos años. Las 3R nos aportaba indicaciones precisas de, no sólo lo que debíamos hacer, si no también del orden y prioridad que debían tener cada una de estas acciones. Teníamos claro que, además de practicar las 3R, era necesario anteponer el concepto de la Prevención, es decir, diseñar los productos de tal manera que supusieran una menor generación de residuos o residuos menos complejos y contaminantes, al finalizar su vida útil. Y, basándose en estas ideas, vieron la luz un amplio número de normativas legales, que entre otras cuestiones buscaban el facilitar el reciclaje de esos productos cuando llegasen a convertirse en residuos (legislación de envases y residuos de envases, vehículos al final de su vida útil, etc.)

Y ahí está una de mis espinitas con la Economía circular. Estamos hablando de algo que ya se planteaba hace más de 20 años y lo presentamos como algo novedoso, una herramienta que sin duda “va a cambiar el mundo”. Veo que, en las más de dos décadas que han pasado desde aquel entonces, lo que más ha cambiado es nuestro léxico y no nuestras prácticas. Ocupamos más tiempo en llamar de distinta forma a las mismas soluciones ambientales, que en llevarlas realmente a la práctica.

¿De qué sirven al Medio Ambiente tantas nuevas palabras y tan pocos hechos?

Sí, al ser humano le encanta inventar nuevas palabras. Nuevas formas de llamar a las mismas cosas o nuevas palabras para denominar prácticas que, valga la redundancia, nunca acabamos de llevar a la práctica (crecimiento sostenible, empleo verde, desarrollo sostenible, ecodiseño, diseño regenerativo, biomímesis ….). Ser más “cool”, más “in”, más “pro”, lo “más” en el vocabulario, pero está visto que para implantar esas ideas, que tan originalmente designamos, nos cuesta bastante más.

Por otro lado, dándole vueltas al concepto y no a la palabra, tampoco vislumbro la economía circular como la gran solución a los males ambientales, en tanto en cuanto me parece una solución incompleta.

Es cierto que tenemos una deficiencia importante en nuestro modelo económico en relación al gran desaprovechamiento de recursos que éste supone. Cada año consumimos los recursos equivalentes a 1,5 planetas, y esta tendencia va en aumento. Cada europeo consume catorce toneladas de materias primas y genera otras cinco de basura al año. Cada vez más rápidamente, vamos rebasando en mayor medida los límites de nuestro planeta, y esto, más temprano que tarde, afectará inevitablemente a la disponibilidad y el precio de muchos recursos críticos. Al hecho de ser cada vez más consumistas, hay que añadir que la población mundial crece a pasos agigantados, y se estima que para el 2050 lleguemos a alcanzar la cifra de 10.000 millones de habitantes.

Sin duda, cerrar los círculos económicos es una acción más que necesaria. Recuperar los recursos contenidos en los desechos para reducir la explotación del entorno al extraer los nuevos, o dicho en otras palabras, dejar de tirar a la basura las valiosas materias primas que precisamos en nuestros ciclos productivos, tiene mucho sentido. Y sin dudarlo, me uno a la causa. Bueno, en realidad hace mucho tiempo que me uní a esta causa porque, como dije, la causa de nueva no tiene nada.

Coincido pues, plenamente, con aquellos que proclaman el cambio de paradigma de una economía linear a una economía circular como una necesidad para un crecimiento sostenible. Hasta aquí totalmente de acuerdo. Pero cuando se presenta este nuevo modelo circular como la gran solución a la sobreexplotación de recursos, la deforestación, la desertificación, la contaminación de suelos y aguas,… digamos que mi acuerdo ya no es tan contundente, más que nada porque, tal y como ya veíamos hace más de 20 años, el ataque efectivo al problema tiene que estar dirigido directamente al origen.

Leí en algún lugar del amplísimo ciberespacio (mis disculpas por no poder referenciar en dónde en concreto), en relación a la economía circular, que ésta representaba el “cambio de visión, a nivel empresarial y de la sociedad, que trasforma la manera de producir y consumir”. Y es en este último verbo de la frase, dónde está mi segunda espinita con la economía circular.

Vale que transforma la manera de producir, en tanto en cuanto tendremos consideraciones en los propios procesos productivos para que los productos que fabriquemos puedan ser fácilmente reciclables cuando dejen de tener uso y en el propio hecho de que supone el cambio de nuestros inputs en la producción, pasando de utilizar materias vírgenes a emplear nuestros propios residuos como fuente de recursos. Pero concebir la economía circular como un elemento que cambiará nuestra manera de consumir, no lo veo.

Justamente, una de las principales causas del desequilibrio con el medio natural que hemos provocado, reside en nuestro modelo de consumo, o mejor dicho, en nuestro supra-consumismo, base de nuestro desarrollo económico y social. Y no, la economía circular no va en contra de mantener esa práctica.

Seguramente esa es la razón por la que la economía circular tiene tan buena acogida en el sector empresarial. Resulta un modelo muy cómodo de adoptar pues, permite que las empresas ahorren costes y por tanto que obtengan una mayor rentabilidad (ya que los procesos de fabricación a partir de materiales recuperados suponen ahorros de materias primas, ahorros energéticos, ahorros en los consumos de agua, etc.) y al mismo tiempo es compatible con continuar promoviendo un consumismo exacerbado en nuestra sociedad para mantener altos niveles de beneficios de unos cuantos. Seguiremos bajo el influjo de esas prácticas que nos llevan a comprar, comprar y comprar, porque seguirán generándonos falsas necesidades, utilizando técnicas de obsolescencia programada, inculcándonos el mensaje de que la felicidad reside en la posesión material, … en definitiva, que sigamos consumiendo muy por encima de nuestras necesidades reales, porque esto no está reñido con la economía circular.

Casi, que así, la economía circular se me muestra como un paso atrás con respecto a nuestros antiguos principios de la Prevención y las 3R.

¿Necesitamos realmente todo lo que compramos?

Me pregunto si, manteniendo el nivel de consumo actual, tenemos capacidad para reciclar todos los desechos que producimos. Ya en aquellos años 90, cuando aquí nos iniciábamos con las recogidas selectivas, y la mayor parte del papel y cartón usados aún acababa en los vertederos, países como Alemania, con una mayor trayectoria en este campo, tenían que recurrir, por no dar abasto en su reciclaje, a la venta de sus residuos de papel (a veces incluso a coste cero) a países como España, dónde los fabricantes los aceptaban encantados, pues la producción de papel nuevo a partir de papel recuperado aporta múltiples ahorros. Entonces, parece que implantar economía circular sin atacar a esa fiebre consumista de nuestra sociedad, tampoco nos va a llevar a muy buen puerto.

No digo que el cambio hacia una economía circular no sea un buen paso hacia la restauración del equilibrio entre hombre y medio ambiente, pero es eso, un paso. No podemos considerarla como la panacea para los problemas ambientales de nuestro mundo. Hay que ir más allá, y avanzar transformando primeramente nuestros hábitos consumistas. Porque no es sostenible un mundo en el que el consumismo sea su principal motor.

Y tú ¿comulgas al 100% con la economía circular?

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4 pensamientos en “LO QUE ME MOLESTA DE LA ECONOMÍA CIRCULAR

  1. Muy buen artículo Verónica, como es habitual en ti. Evidentemente es un concepto que ahora lo ponen de moda para lavar conciencias y apuntarse al carro de lo verde. Seguramente pronto habrá 1001 normas “UNO” o “ISA” (ciclo de vida, huella de carbono, auditorías…) para ayudarnos a implantarlas, revisarlas y optimizarlas por un módico precio e inventadas por entidades “nada lucrativas” y dentro de 5 años lo certificas, revisas y bla bla bla, para conseguir unos estándares de protección medioambiental chipiriflauticos que te posicionarán en el mercado e “invitarán” a tus proveedores a entrar en el juego, pero después habrá grandes gurús que inventen un fantástico método llamado “tu paga que yo te firmo el papelito” y nuestra sociedad será más feliz de camino a una autodestrucción certificada y si aun queda tiempo habrá un CRADLEGATE que se solucionará dimitiendo algún técnico después de que la gran empresa de turno nos time. En fin como decía SINIESTRO TOTAL: Pueblos del mundo ¡Extinguios! Saludos

    • Efectivamente, Damián!. Una vez más coincidimos plenamente ;D.
      Eso es lo que tristemente acaban siendo estas cosas: palabras que se ponen de moda, que se traducen en nuevas herramientas a consumir (certificaciones, auditorías, normas ISO, …) que únicamente sirven para el marketing ecológico, tan de moda, y que nunca llegan a convertirse en soluciones efectivas de protección ambiental 😦
      Saludos!

  2. Pingback: El Bueno, el Feo y el Malo de 2016 – Trabajar en Gestión Ambiental

  3. Pingback: OBSOLESCENCIA PROGRAMADA: ¿Es lícito diseñar para contaminar? – Trabajar en Gestión Ambiental

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